lunes, 9 de marzo de 2026

la oficina en mitad de la calle

 Lo veías desde lejos antes de verlo de verdad. Una silueta en mitad del asfalto, un brazo levantado, el fajo de pañuelos en la mano y esa media sonrisa que parecía decir: “tranquilo, que aquí sigo”. Para muchos, Sito era solo “el del paso de cebra de Santa María de la Cabeza”. Para el barrio, era bastante más que eso: un rostro familiar en una ciudad que cada vez mira menos a los ojos.

Decía que se iba a la oficina, y la oficina era un semáforo entre el Paseo de la Esperanza y una gasolinera que olía a gasolina vieja y a barrio de verdad. Allí, mientras el rojo sujetaba los coches unos segundos, Sito ofrecía pañuelos, alguna broma, a veces solo una mirada cómplice. No tenía contrato, ni nómina, ni calendario de vacaciones, pero tenía algo que muchos trabajos no dan: una dignidad conquistada a pulso, a la intemperie, en invierno y en agosto.

Ese trozo de asfalto fue su mesa, su silla, su horario y su pretexto para seguir en pie. Venía aunque lloviera, nevara o fuera Navidad, como recuerda Óscar, el amigo que le vio llegar al cruce hace más de veinte años y que se jubiló hace poco, el día del gran apagón. Entre surtidores y coches, entre litronas y carcajadas, fueron haciéndose compañeros de oficio sin papeles: uno vendía gasolina, el otro pañuelos; los dos repartían conversación y presencia, ese bien tan escaso.

Sito pudo haber tenido otros trabajos. Intentaron meterle en la gasolinera, incluso se cortó el pelo una vez para trabajar de jardinero, pero aquello duró poco. No quiso ataduras laborales, y a cambio se ató a algo más extraño y más humano: el compromiso de estar todos los días en el mismo paso de cebra, con la misma constancia que otros fichan en una fábrica. Esa terquedad era su forma de libertad y también su condena.

Vivía cerca, en Tomás Bretón, cuando empezó a ocupar el semáforo. Luego la vida, con su crueldad sin metáforas, lo fue empujando hacia portales prestados, noches al raso, años de frío y de calor pegándose al cuerpo. Aun así, seguía repitiendo su frase, casi un lema: “Si la calle es dura, yo lo soy más”. No era un eslogan épico, era una coraza hecha de resignación y orgullo.

Alrededor de ese hombre “educado y tranquilo”, como lo recuerda un vecino, se fue tejiendo una red invisible. El que le bajaba ropa en Navidad. La persona que pensaba en regalarle unas botas. Los gitanos del Rastro, los flamencos de la zona que lo acogieron como a uno suyo. Óscar guardándole un bocadillo, alguien pagándole una cerveza, otro metiéndole unas monedas en la mano sin aspavientos. De tanto estar, de tanto sostener la mirada y la esquina, Sito acabó convirtiendo un semáforo en una pequeña comunidad.

Cuando la calle fue, por fin, un poco más dura que él, llegó el derrame cerebral. El cuerpo dijo basta después de décadas sin tregua, de hipertensión sin médico, de noches buscando un portal donde estirarse. Se apagó en diciembre, el mes de las luces y los décimos de lotería, y se fue el día 22, como si la fecha quisiera subrayar el contraste entre la suerte de unos y la vida a pulso de otros.

Pero incluso en la despedida tuvo un gesto hacia los demás. Sus órganos, casi todos salvo el hígado, siguieron viviendo en otros cuerpos, regalando tiempo a desconocidos. Ese fue su último reparto, su última tanda de “pañuelos”, esta vez por dentro, silenciosa, radicalmente generosa.

Hoy, en la acera junto a la gasolinera, hay un ramo de flores y un folio con su nombre y su frase escrita en grande. No es mucho para resumir una vida, pero es suficiente para entender algo: que hubo un hombre que eligió un paso de cebra como oficina y que, sin saberlo, le dio al barrio una lección diaria de resistencia y de humanidad. Cuando el semáforo se pone en rojo, algunos todavía miran instintivamente hacia el hueco donde él solía estar. El vacío también forma parte del paisaje, pero el recuerdo de Sito lo sigue llenando.

La historia original ha sido publicada por el diario.es, Guillermo Hormigos es el autor, me he basado en su articulo para hacer este pequeño relato. 

domingo, 8 de marzo de 2026

Cuando Madrid te expulsa para siempre.

 Pedro se despertó con el sol colándose por las rendijas de la persiana rota en su habitación de alquiler compartido en Carabanchel. Eran las seis y media de la mañana, y el metro ya rugía bajo su ventana como un animal herido. Tenía veintiocho años, soltero por elección o por falta de tiempo, y llevaba tres en el turno de mañana de Mercadona, ese supermercado que parecía multiplicarse por cada esquina de Madrid como setas después de la lluvia. Cobraba mil ochocientos euros netos al mes, contando las extras prorrateadas, lo justo para no ahogarse del todo en la ciudad que lo había visto nacer.noticiastrabajo.huffingtonpost+1

Pero el alquiler lo estaba matando. La habitación de nueve metros cuadrados, con baño compartido y cocina que olía a fritanga perpetua, le chupaba setecientos euros. Y ahora el casero, un tipo con voz de fumador empedernido, le había subido la renta otros cincuenta porque "la inflación, chico, la inflación". Pedro lo miró fijamente por videollamada, con el móvil temblando en la mano. "¿Cincuenta más? ¿En serio? Con lo que está el patio". El hombre se encogió de hombros desde su piso en la sierra: "Es lo que hay, o pagas o buscas otra". Pedro colgó sin despedirse y abrió Idealista por enésima vez. Pisos de un dormitorio en Madrid capital: novecientos, mil, mil doscientos. Todos pidiendo nómina de padre y señor mío, aval bancario y un riñón de propina.idealista+1

Salió al trabajo con la mochila al hombro, esquivando aceras llenas de colillas y perros ladrando. En Mercadona, el ajetreo era el mismo de siempre: carros chocando, madres gritando por ofertas en Hacendado, el pitido constante de los escáneres. Pedro pasaba los productos con agilidad de máquina, sonriendo a las clientas habituales. "Buenos días, ¿todo bien?". Pero por dentro bullía. En la pausa del café, con los compañeros apiñados en el almacén, soltó la queja: "Tíos, no hay quien viva aquí. Un piso decente sale por mil quinientos, y yo con mil ochocientos... ¿para qué? ¿Para comer ramen y rezar que no se rompa la lavadora?". Javi, el de frutas, que llevaba más años, rio con amargura. "Bienvenido al club, Pedro. Yo duermo en un colchón inflable en Vallecas. Madrid es para ricos o para locos".[ifema]​

Esa noche, después del turno, Pedro se sentó en el portal con el portátil sobre las rodillas. Buscó pisos en las afueras: Leganés, Fuenlabrada, Alcorcón. Nada. Un estudio en Móstoles por mil cien, pero con goteras según las opiniones. "¿Y si amplío el radio?". Tecleó "alquiler Madrid provincia". Aparecieron opciones en la sierra, pero lejanas. Luego, por curiosidad, "pueblos Toledo cerca Madrid". Saltó Illescas: a cuarenta minutos en coche por la A-42, o una hora en bus. Alquileres de seiscientos para un piso entero, con dos habitaciones. "Illescas, Toledo. Dieciocho mil habitantes, supermercados, farmacias, hasta un polígono industrial". Miró mapas: Mercadona tenía tienda allí. Podría pedir traslado. El corazón le dio un vuelco. ¿Dejar Madrid? ¿La ciudad de las tapas a cualquier hora, los conciertos en La Latina, las noches que se alargan hasta el amanecer? Pero el sueldo no daba para más.noticiastrabajo.huffingtonpost+1

Los días siguientes fueron un torbellino de visitas virtuales y alguna presencial. En Madrid, las portales eran un calvario: agentes inmobiliarios con traje barato que te miraban de arriba abajo. "Con mil ochocientos no te dan ni los ratones, guapo. Necesitas cosignatario o fianza extra". Uno le mostró un cuchitril en Usera por novecientos cincuenta: paredes agrietadas, vecino que taladraba a medianoche. Pedro salió asqueado, sudando bajo el sol de marzo que ya picaba como en verano. En cambio, el piso en Illescas era otro mundo. Un tercero sin ascensor, sí, pero con balcón a una plaza tranquila, cocina americana y baño nuevo. Seiscientos cuarenta euros, contrato de un año. La dueña, una viuda llamada Carmen, le sirvió café de la cafetera. "Aquí se vive bien, hijo. Silencio por las noches, pan recién hecho en la panadería de la esquina. Y Madrid está ahí, a un paso". Pedro firmó esa misma tarde, con el estómago revuelto de nervios y alivio.engelvoelkers+1

El traslado fue un fin de semana de caos. Cargó sus cuatro cajas en un coche alquilado con un compañero, despidiéndose del piso viejo con una cerveza en la mano. "Adiós, Madrid. No te echo de menos". La carretera se abría ante él, campos amarillos de cereal en vez de bloques de hormigón. Illescas lo recibió con un atardecer rosado sobre la iglesia de Santa María, esa que tanto salía en las fotos. El primer día en el nuevo Mercadona fue raro: menos clientela, caras conocidas del pueblo, turnos que acababan con luz natural. Pero lo peor fue el trayecto. Una hora en el bus 462, atascos en la M-40 algunos días. "Esto no va a funcionar", pensó las primeras semanas, mirando por la ventanilla cómo Madrid se difuminaba en el retrovisor.

Poco a poco, las grietas de la rutina madrileña empezaron a cerrarse. Despertaba con pájaros, no con sirenas. Corría por caminos de tierra al amanecer, botas embarradas, el aire oliendo a romero salvaje. En el supermercado, los compañeros lo integraron rápido: paellas los domingos, charlas sobre la cosecha o el equipo de fútbol local. Soltero, sí, pero ahora tenía tiempo para citas en apps que no fueran "quedamos en Malasaña y ya". Conoció a Laura en una terraza de la plaza mayor, ella profe en el colegio del pueblo. "Aquí se vive de verdad", le dijo ella una noche, besándolo bajo las estrellas que en Madrid eran un lujo olvidado.

Un sábado, Pedro se montó en el coche y fue a Toledo capital, solo veinte minutos. Compró queso manchego en el mercado, subió al Alcázar con el viento azotando la Tagus. Pero no extrañaba el bullicio. Regresó a Illescas y se sentó en el balcón con una caña fría. Miró el móvil: un piso en Chamberí por mil trescientos, libre. Lo borró sin pensarlo. Su sueldo rendía aquí: comía mejor, ahorraba doscientos al mes, hasta se apuntó a un gimnasio con piscina. El delegado sindical de su sección en Mercadona, un veterano de cincuenta, le guiñó un ojo: "Hiciste bien, chaval. Madrid te come el alma".

Seis meses después, Pedro caminaba por el sendero del río Algoso, botas crujiendo sobre grava, mochila ligera. El sol se ponía tras las colinas de Toledo, tiñendo todo de oro. Recordó las noches en vela calculando presupuestos imposibles, las humillaciones en portales fríos. ¿Lo mejor que había hecho? Mudarse. Illescas no era el fin del mundo; era el principio de uno propio. Soltero, libre, con el horizonte abierto. Madrid seguía ahí, a una hora, pero ahora era una visita, no una cárcel. Se paró, respiró hondo. "Sí, definitivamente lo mejor". Y siguió caminando, hacia casa.alquilerprotegido+1

viernes, 28 de junio de 2013

El lujo de la sociedad del bienestar. Soy culpable de vivir.

Me confieso, soy culpable. Culpable de poder ir al médico de la seguridad social que pagamos todos. Culpable de querer que mi hijo estudie en un colegio público. Culpable de querer vivir en una casa con odas condiciones mínimas y de poder comer todos los días. Me han convencido, soy culpable de vivir por encima de mis posibilidades. Quizás no debería haber vivido en una casa, ni tener un coche, ni comer a diario, ni levantarme para cumplir una jornada maratoniana en mi trabajo a una hora en coche de mi casa. Tampoco debería haber ido al cine, ni educar a mi hijo, ni irme de vacaciones una semana al pueblo.
Me han condenado y convencido a creer que es culpa mía que las grandes empresas sigan ganando dinero a costa de todos,a pagar una deuda de los bancos que no es mía,a dejarme robar por políticos y banqueros sin escrúpulos. No, no es culpa suya, se lo hemos pedido explícitamente en las urnas.
Ahora me cuentan los que saben, que esto ya se ha hecho antes. Destruir llegas ilusiones y la moral del vulgo, del pueblo para que admita que está derrotado y puedan expoliar lo poco que les quede con resignación. Se hizo en África, en Latinoamérica, en Asia. Y ahora toca en la vieja Europa,a los países mediterráneos, del Sur. Con la misma tramoya y las mismas mentiras.
Pero lo peor es el inmovilismo de la población, que se cree vencida ante el despotismo del Estado a las órdenes del cuarto Reichstag.
Confundido en las sombras acaparo mis energías para lograr unirme a los pocos reaccionarios que quedan, al menos respiro y creo en el futuro aunque la mayoría derrotada sin lucha me mire con recelo.

martes, 26 de febrero de 2013

La Posesión 1º parte

Voy a cambiar el barrio y el nombre de los protagonistas. Hace tiempo, casi treinta años, hice con unos amigos y sus padres un curso de meditación y poder mental. Tras un fin de semana intenso en experiencias extrasensoriales de las que fuí testigo y participante pasó algo increible.
Nos reuníabamos todos los amiguetes en casa de Luis, su padre era joyero y tenía un piso deshabitado justo encima de la tienda, donde antes habían vivido. Allí nos llevábamos algunos litros de cerveza y escuchábamos a los Maiden, etc. También subíamos a las chics y allí alguno tuvo sus primeras experiencias en el ámbito sexual. Vamos lo típico de esa época.
Una tarde tras dos semanas de haber hecho el curso, me propusieron que hiciéramos espiritismo, tras colocarnos en círculo, con  las manos alternadas para poder dar y recibir energía, invocamos, creo yo que cada uno invocó a lo que pudo, no pasó nada de nada, pero fué entretenido al menos.
Días más tarde volvimos al piso, era invierno, hacía frio en la calle, y las farolas teñian de ambar las calles del barrio. Subimos con algunas bebidas, eramos cuatro chicos y tres chicas, volvimos a intentar hacer lo mismo que la vez anterior, pero esta vez alguien dijo en alto que invocáramos al diablo, le mandamos callar. Jose, que no participaba en el "juego", se fue a la terraza. Tras los primeros minutos no pasó nada, pero en un instante, Jose tras abrir la ventana desde fuera, por la terraza bruscamente, para gastarnos una broma, todo quedó a oscuras. Nos levantamos corriendo, Luis después de dar a todos los interruptores, mirar el principal por si hubiera saltado, y estar en posición normal, salimos al final todos despavoridos a la puerta principal, no sin antes darnos cuenta que en la cocina el horno estaba encendido, o al menos la luz.En la escalera había luz y en la tienda justo debajo del piso, también. No volvimos a subir esa tarde al piso. Pero al día siguiente, cuando entramos estaban todas las luces encendidas.