Lo veías desde lejos antes de verlo de verdad. Una silueta en mitad del asfalto, un brazo levantado, el fajo de pañuelos en la mano y esa media sonrisa que parecía decir: “tranquilo, que aquí sigo”. Para muchos, Sito era solo “el del paso de cebra de Santa María de la Cabeza”. Para el barrio, era bastante más que eso: un rostro familiar en una ciudad que cada vez mira menos a los ojos.
Decía que se iba a la oficina, y la oficina era un semáforo entre el Paseo de la Esperanza y una gasolinera que olía a gasolina vieja y a barrio de verdad. Allí, mientras el rojo sujetaba los coches unos segundos, Sito ofrecía pañuelos, alguna broma, a veces solo una mirada cómplice. No tenía contrato, ni nómina, ni calendario de vacaciones, pero tenía algo que muchos trabajos no dan: una dignidad conquistada a pulso, a la intemperie, en invierno y en agosto.
Ese trozo de asfalto fue su mesa, su silla, su horario y su pretexto para seguir en pie. Venía aunque lloviera, nevara o fuera Navidad, como recuerda Óscar, el amigo que le vio llegar al cruce hace más de veinte años y que se jubiló hace poco, el día del gran apagón. Entre surtidores y coches, entre litronas y carcajadas, fueron haciéndose compañeros de oficio sin papeles: uno vendía gasolina, el otro pañuelos; los dos repartían conversación y presencia, ese bien tan escaso.
Sito pudo haber tenido otros trabajos. Intentaron meterle en la gasolinera, incluso se cortó el pelo una vez para trabajar de jardinero, pero aquello duró poco. No quiso ataduras laborales, y a cambio se ató a algo más extraño y más humano: el compromiso de estar todos los días en el mismo paso de cebra, con la misma constancia que otros fichan en una fábrica. Esa terquedad era su forma de libertad y también su condena.
Vivía cerca, en Tomás Bretón, cuando empezó a ocupar el semáforo. Luego la vida, con su crueldad sin metáforas, lo fue empujando hacia portales prestados, noches al raso, años de frío y de calor pegándose al cuerpo. Aun así, seguía repitiendo su frase, casi un lema: “Si la calle es dura, yo lo soy más”. No era un eslogan épico, era una coraza hecha de resignación y orgullo.
Alrededor de ese hombre “educado y tranquilo”, como lo recuerda un vecino, se fue tejiendo una red invisible. El que le bajaba ropa en Navidad. La persona que pensaba en regalarle unas botas. Los gitanos del Rastro, los flamencos de la zona que lo acogieron como a uno suyo. Óscar guardándole un bocadillo, alguien pagándole una cerveza, otro metiéndole unas monedas en la mano sin aspavientos. De tanto estar, de tanto sostener la mirada y la esquina, Sito acabó convirtiendo un semáforo en una pequeña comunidad.
Cuando la calle fue, por fin, un poco más dura que él, llegó el derrame cerebral. El cuerpo dijo basta después de décadas sin tregua, de hipertensión sin médico, de noches buscando un portal donde estirarse. Se apagó en diciembre, el mes de las luces y los décimos de lotería, y se fue el día 22, como si la fecha quisiera subrayar el contraste entre la suerte de unos y la vida a pulso de otros.
Pero incluso en la despedida tuvo un gesto hacia los demás. Sus órganos, casi todos salvo el hígado, siguieron viviendo en otros cuerpos, regalando tiempo a desconocidos. Ese fue su último reparto, su última tanda de “pañuelos”, esta vez por dentro, silenciosa, radicalmente generosa.
Hoy, en la acera junto a la gasolinera, hay un ramo de flores y un folio con su nombre y su frase escrita en grande. No es mucho para resumir una vida, pero es suficiente para entender algo: que hubo un hombre que eligió un paso de cebra como oficina y que, sin saberlo, le dio al barrio una lección diaria de resistencia y de humanidad. Cuando el semáforo se pone en rojo, algunos todavía miran instintivamente hacia el hueco donde él solía estar. El vacío también forma parte del paisaje, pero el recuerdo de Sito lo sigue llenando.
La historia original ha sido publicada por el diario.es, Guillermo Hormigos es el autor, me he basado en su articulo para hacer este pequeño relato.
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